El dictador contempló los lingotes con una mirada ávida, sus pupilas brillando como brasas encendidas por la ambición. Tomó uno de aquellos bloques dorados entre sus manos trémulas, lo acercó a sus labios y lo besó con la devoción obscena de quien adora un falso dios. En su rostro se dibujó una sonrisa ladina, una risa cristalina que delataba la más absoluta hipocresía, mientras sus palabras brotaban con el sarcasmo de quien se burla de las masas: —¡Este oro es pa' el pueblo! La frase resonó en el silencio del salón como una blasfemia, un sarcasmo sangriento que solo él comprendía mientras el metal amarillo reflejaba la luz de las arañas, testigo mudo de tanta desfachatez.